domingo, 31 de julio de 1994

Ascensión a Peña Ubiña (2.417 m.).

Peña Ubiña es una montaña estética, triangular por todas sus caras, que sobresale altiva en la Cordillera Cantábrica. Por su independencia, majestuosidad y sus 2.417 m. de altitud ofrece dilatadas panorámicas que la convierten en uno de los puntos neurálgicos del montañismo leonés y asturiano. Jose Ramón Lueje escribió infinidad de artículos sobre esta montaña de la que fue un ferviente enamorado y confeccionó el primer mapa del Macizo de la Ubiña.

La ascensión a esta montaña tan emblemática de la cordillera ha surgido de la manera más improvisada posible, convirtiéndose además en mi primera ascensión fuera de los Picos de Europa.

Un domingo, como otro cualquiera, llamo a mi amigo Raúl y le digo que me acompañe para pasar una jornada montañera por algún lugar cercano todavía sin determinar. No llevamos equipamiento alguno, ni comida, ni agua, nada, tan solo nuestras ganas de aventura y de soltar adrenalina. Tampoco llevamos la cámara de fotos por lo que no puedo ilustrar esta crónica con imágenes reales de nuestra expedición.

Salimos temprano, con el Fura, en dirección al Puerto de Pajares. En Villamanín paramos a desayunar en la Casa Ezequiel, parada obligada cuando íbamos a esquiar con mis padres a Pajares. Sacamos el mapa de carreteras y decidimos bajar el puerto hasta Campomanes para luego adentrarnos en el Valle del Huerna. La carretera discurre a lo largo de unos 20 kilómetros por parajes realmente sorprendentes, pasando por hermosos pueblos como Telledo o Riospaso. Finalmente nos deja en el pueblo de Tuiza de Arriba, donde termina la carretera y parte una pista sin asfaltar que llega al Puerto de La Cubilla.

Como todo esto es nuevo para nosotros decidimos aparcar el coche en Tuiza y darnos una vuelta por el pueblo. Un paisano nos recomienda que subamos por la senda hasta la Vega del Meicín, a 1.549 m. de altitud donde se encuentra un refugio que sirve de base para las ascensiones a Peña Ubiña.

En menos de una hora llegamos al refugio. Bebimos agua en su fuente y nos acercamos a ver la laguna que se encuentra en el fondo de la vega, pero yo no quito la vista del Alto Terreros y me pregunto qué panorámica podría ofrecernos aquel collado. Miro el reloj y le digo a Raúl: "¿Qué te parece si subimos hasta allí arriba?". Dicho y hecho. Casi sin darnos cuenta nos plantamos en el collado situado a 1.892 metros de altitud. Las vistas son magníficas, miremos por donde miremos, lástima no haber traído la cámara. De vez en cuando echo un vistazo al reloj para calcular el tiempo necesario para nuestro regreso, es media tarde, no podemos demorarnos mucho.

Pero me resisto a que este sea el final de nuestra aventura. Raúl no lleva en los pies más que unas simples deportivas viejas y maltrechas, es la primera vez que se mete en terreno montañoso, no está acostumbrado a este tipo de andurriales, él es más de llanuras extensas salpicadas de pequeños cerros con algún castillo medieval. Pero estoy viendo la cumbre de la mismísima Peña Ubiña a tiro de piedra, apenas me separan de ella 500 m. de desnivel. Le digo a Raúl que me espere por el collado o que vaya bajando si quiere mientras yo trepo por la peña hasta intentar alcanzar la cumbre.

Cuando llego a la mitad de la ascensión miro hacia atrás y me encuentro al terco de mi amigo agarrándose como puede a las rocas para intentar seguirme. Le hago gestos para que desista en su empeño pero no consigo nada. Finalmente decido esperarle y trepamos los dos juntos los últimos metros de la montaña; las ganas de alcanzar la cumbre nos da fuerzas sobrehumanas; cuando vimos asomar el vértice geodésico no nos lo podíamos creer. ¡Estamos en la cumbre de Peña Ubiña!

Nos asomamos a la vertiente oeste del macizo y nos quedamos impresionados de la caída. También la vista de los cercanos Picos del Fontán es impresionante. Y hay una placa en la que figuran unas escrituras en memoria de unos montañeros accidentados y muertos durante una ascensión invernal a la montaña. Pero no tenemos más tiempo, es tarde y me preocupa el descenso, el calzado de Raúl no es apropiado para andar por aquí y me siento responsable de su seguridad. Si su madre se entera que lo he traído hasta aquí me mata.

Ha sido una experiencia increíble y totalmente improvisada que me ha servido para darme cuenta de que existen otras muchas montañas realmente interesantes fuera de los Picos de Europa. Para Raúl también ha sido toda una experiencia inolvidable y está dispuesto a repetirla cuanto antes.
Ok, la próxima: El Susarón.

domingo, 10 de julio de 1994

Travesía de Picos al Mar Cantábrico.

Entre los Picos de Europa y el Mar Cantábrico se extiende a lo largo de unos 30 km. un cordal montañoso paralelo cuyo origen geológico es el mismo que el de los Picos de Europa. Se trata de la Sierra de Cuera, una pequeña cordillera muy singular que proporciona vistas incomparables de los tres macizos de los Picos de Europa y de la costa oriental de Asturias. Su punto culminante es el Cerro Turbina, de 1.315 m. de altitud.

Lo propio este año hubiera sido planificar una travesía por el Macizo Oriental de los Picos de Europa, sin embargo nos hemos decantado por hacer una aventura mucho más emocionante: Caminar a pie desde Valdeón hasta la costa del Mar Cantábrico cruzando los Picos de Europa y la Sierra de Cuera. En línea recta no hay mucha distancia, el mayor reto es atravesar ambos accidentes geográficos, y calculamos que en cuantro jornadas podríamos lograrlo.

Jornada 1: Caín - Majada de Amuesa (5 de julio de 1994).

Este año Tato no ha querido perderse la aventura y se ha unido a la propuesta, al igual que Oscar, el mismo que nos acompañó a Alberto y a mí en la travesía del año pasado. También nuestro viejo amigo Raúl (Morgan) se ha decidido a venir a pesar de su poca experiencia en el mundo de la Montaña.

Nos llevamos todo el equipo de acampada repartido entre las cinco mochilas, junto con ropa y comida suficiente para las cuatro jornadas de la travesía.

Anoche montamos la tienda en las proximidades de Caín después de bajar de Posada de Valdeón. Llevamos una tienda de campaña apta para cuatro personas, pero nos hemos metido los cinco como hemos podido, aunque hemos dormido con ciertas incomodidades.

Levantamos el campamento con las primeras luces del día y comenzamos a caminar por la Ruta del Cares hasta Culiembro, donde se inicia la ascensión al Murallón de Amuesa. En Culiembro llenamos las cantimploras y revisamos el equipo antes de iniciar la ascensión.



Tenemos delante los interminables zig-zag's de la senda que sube por el Pando Culiembro hacia la Canal de Piedra Bellida. He pasado varias veces por Culiembro y en todas ellas me he fijado en esta senda que va a parar al Collado Cerredo con la inquietud de saber cuándo podría subir por allí. Es una de las vías de ascensión a Torrecerredo.


Nada más bajar al río Cares nos hemos encontrado con un gran problema: El puente que lo cruza está totalmente destruído, por lo que hemos tenido que buscar el mejor lugar para poder cruzarlo a pie con seguridad. Es bastante arriesgado, porque las aguas además de heladas bajan muy torrenciales, y no resulta nada fácil cruzarlo descalzos y porteando mochilas tan pesadas. Al final hemos podido cruzarlo con las aguas por encima de las rodillas, todos menos uno: Raúl ha sido incapaz de mantener el equilibrio. Hemos intentado ayudarle, varias veces, pero ha sido imposible. Al final nos quedamos los cuatro mirándole al otro lado del río sin saber muy bien qué decirle mientras él se ataba las botas para regresar por donde vino.

Mientras subíamos por el Pando Culiembro no parábamos de preguntarnos si habíamos obrado correctamente con Raúl, él insistió en que no suspendiéramos la travesía por su culpa, pero verle regresar por la otra ladera a él sólo fue muy duro para nosotros. Subimos todo el tiempo sin quitárnoslo de la cabeza.

Poco después de meternos en la Canal de Piedra Bellida ha subido la niebla y nos ha impedido ver cualquier tipo de referencia para evitar perdernos, pero por suerte la senda está bien marcada y cuando no lo está hay bastantes hitos bien localizados. Pero poco antes de llegar al Collado Cerredo a mí me dió una pájara de escándalo; estábamos trepando con las manos heladas agarrándonos a las hierbas mojadas en una gran pendiente y envueltos en una espesa y húmeda niebla. Me dieron temblores en las piernas y tuve que parar a descansar y comer algo, necesitaba energía pura para poder seguir.

Finalmente llegamos a lo más alto de Amuesa y caminamos por la senda hasta llegar a la Majada del mismo nombre. La localizamos gracias al sonido del los cencerros de las vacas, porque no se veía absolutamente nada. Nos hizo mucha gracia ver que los responsables de aquel ganado era una pareja de muchachos cuya edad no debía superar los doce años, parecían Heidi y Pedro. Les preguntamos por una fuente y nos indicaron el camino, a unos cincuenta metros bajando por la canal de Amuesa hacia Bulnes. En cuanto localizamos en arroyo buscamos una vaguada y acampamos. Como hacía tanto frío nos cambiamos de ropa y nos metimos los cuatro en la tienda para calentar con el hornillo un buen plato de espaguettis. Antes de dormir escribimos en el diario de ruta unas palabras dedicadas a nuestro compañero Raúl: "Hoy hemos sufrido una baja, Raúl ha tenido que avandonar la expedición; pero ahora vamos a domir los cuatro en la tienda de puta madre...".

Jornada 2: Majada de Amuesa - Arangas de Cabrales (6 de julio de 1994).

Nos espera una larga jornada en la que tenemos que cubrir buena parte de la distancia que nos separa del Mar Cantábrico, además de tener que descender más de mil metros de altitud hasta Bulnes y Poncebos.

Nos levantamos todavía con niebla, todo estaba empapado, la tienda, las mochilas, las botas, la ropa... todo empapado de la humedad. Comenzamos a descender por la Canal de Amuesa sin perder la senda, la única referencia que teníamos para llegar sin perdernos a Bulnes.

Cuando estábamos a punto de llegar al Barrio de Arriba la nieba comenzó a disiparse y nos permitió ver entera la Canal del Tejo, por donde teníamos que bajar hacia Poncebos.

Poco antes de cruzar el Puente de la Jaya sobre el río Cares, buscamos un rincón para echarnos un rato a comer y descansar lejos del bullicio que se ve en la Ruta del Cares. Después caminamos ya por carretera hasta Arenas de Cabrales, donde aprovechamos para comprar nuevas provisiones. Seguimos caminando por la carretera que sube a Peñamellera hasta llegar a la villa de Arangas. Buscamos un buen lugar donde acampar pero la temperatura era muy agradable y descubrimos que la iglesia del pueblo tenía un gran pórtico donde podíamos pasar la noche resguardados sin necesidad de montar la tienda. Le compramos fruta a un frutero ambulante, cenamos mientras se metía el sol e improvisamos una pequeña ducha portátil para asearnos antes de dormir.

Jornada 3: Arangas de Cabrales - Acebal (7 de julio de 1994).

Tenemos enfrente de nosotros un gran murallón montañoso de más de 600 metros de desnivel, la Sierra de Cuera. Desde aquí no se ve el Turbina, pero según el mapa lo veremos en cuanto alcancemos los mil metros de altitud. Hemos dormido estupendamente bajo el pórtico de la iglesia, a nadie del pueblo le ha parecido mal que hubiéramos pasado allí la noche, más bien todo lo contrario, un vecino vino a vernos y nos preguntó si necesitábamos algo. Aprovechamos para preguntarle el mejor camino para subir al Turbina.

El día está espléndido, un sol brilla intenso y el aire está limpio y nítido, nada parece indicar que vayamos a sufrir otra vez las inclemencias de la niebla. La senda de la que nos habló el cabraliego de Arangas se pierde y se bifurca constantemente, de modo que decidimos olvidarnos de buscar sendas y veredas y optamos por subir directamente a pesar de la pendiente. En cuanto llegamos al alto de la sierra pudimos contemplar la panorámica que veníamos buscando: Los tres macizos de los Picos de Europa.


Ahora vendría la segunda parte. Creíamos que nos íbamos a encontrar el Mar Cantábrico en cuanto nos asomáramos a la otra vertiente. Pero nada de eso. La otra vertiente estaba todavía muy lejos, y tuvimos que caminar un largo trecho hasta que dimos con el Turbina. No hay sendas ni veredas ni hitos ni rastro de nada más que rocas, dolinas, vaguadas y simas. Sólo podemos guiarnos de nuestra intuición, pero somos cuatro, y en estos casos es inevitable que surgan discrepancias. Así ocurrió con Tato, empeñado en ir en una dirección con la que el resto no estábamos de acuerdo. Al final logramos un consenso y alcanzamos el cerro. Lástima que al otro lado estuviera todo cubierto por las nubes.




Ha sido un chasco no poder ver la costa desde aquí, se ve el mar, sí, pero mucho más allá de las nubes. En la cumbre del Cerro Turbina paramos a comer y pudimos disfrutar de un paisaje sin igual.

Tras el Turbina comenzamos a descender por la ladera norte hasta que comenzaron los problemas...
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Lo primero fue quedarnos sin agua. El calor era sofocante y desde Arangas no habíamos encontrado ni rastro de agua. Lo segundo fue que seguíamos sin encontrar ningún camino o senda. Y lo tercero, que cuando pensábamos que al otro lado de la colina veríamos la costa, nos encontrábamos con otra colina, y otra detrás, y otra... Pero lo peor era la sed terrible que estábamos pasando, estábamos deshidratados y desesperados por encontrar agua.

Por fin encontramos a un ganadero y le preguntamos dónde podríamos encontrar agua; nos habló de una cueva con un manantial de aguas frescas y cristalinas, pero sus explicaciones sobre su localización nos parecieron tan incomprensibles que al final se decidió a acompañarnos.

Después de repostar las cantimploras seguimos caminando hasta que por fin dimos con el último valle y la última colina antes de llegar a la costa.



Comenzamos entonces a sufrir las consecuencias de caminar durante tantas horas por un terreno tan impredecible: Aparecieron las primeras ampollas en los pies. En cuanto llegamos al fondo del valle encontramos un río y no dudamos en quitarnos la roma y zambullirnos en sus aguas para quitarnos el sudor de todo el día. Nos bañamos en pelotas y lo pasamos a lo grande chapoteando y gritando "¡Escándalo Púbico!"...

Caminamos un poco más en busca de una buena pradera para acampar y llegamos al Acebal, muy cerca de la carretera nacional de Santander, donde encontramos un rincón muy confortable bajo unos árboles. Allí montamos la tienda y nos acercamos a un bar del pueblo antes de irnos a dormir. Casi no podíamos caminar por el dolor de las ampollas.

Jornada 4: Acebal - Llanes (8 de julio de 1994).

La peor parte se la ha llevado Oscar, en cuanto nos ha enseñado las plantas de sus pies no hemos podido hacer otra cosa más que santiguarnos. Además, antes de levantar el campamento hemos desayunado y a él le ha tocado una babosa que se había metido en el cartón de leche.

Pero la jornada de hoy no tiene más complicación que caminar por carretera hasta Llanes, acampar en el Camping e irnos directos a la playa para disfrutar de un merecido descanso esparcidos en la arena.

En cuanto llegamos a Llanes alzamos la vista atrás y nos quedamos contemplando la sierra que acabábamos de cruzar con el Turbina todavía cubierto por la niebla.


Buscamos un teléfono público y llamamos a nuestras familias para comunicarles que habíamos llegado sanos y salvos. En el caso de Oscar sus padres decidieron venir a buscarle en coche. Tato, Alberto y yo optamos por quedarnos un día más en Llanes para descansar antes de regresar a Valdeón por la Senda del Cares.


Al día siguiente nos metimos en un bar de Llanes para ver el partido de la semifinal del Mundial de Fútbol entre España e Italia, y sufrimos viendo cómo Italia nos mandaba a casa despues de jugar un partido excepcional.

sábado, 31 de julio de 1993

Ascensión al Cueto de San Mateo (1.609 m.)

Desde el municipio leonés de La Pola de Gordón llama la atención una gran montaña caliza cuya compacta figura es reconocible desde la ciudad de León. La tradición popular cuenta que San Mateo llevó su vida de eremita en la cueva que esta montaña guarda en una de sus vertientes, de ahí su nombre: La Peña de San Mateo, aunque en La Pola la suelen llamar "El Cueto" a secas. Tan solo tiene 1.609 metros de altitud, pero constituye la mejor atalaya desde donde se puede contemplar la vista más completa de la comarca gordonesa.

Desde las piscinas municipales de La Pola de Gordón parte una pista forestal que se adentra hacia el interior del Valle de Santas Martas. El valle está cubierto por una importante masa forestal de Roble Melojo o Rebollo (Quercus pyrenaica).

La pista discurre paralela al curso del arroyo del mismo nombre que nace directamente en una de las faldas del Cueto. Tras caminar aproximadamente un par de kilómetros la pista gira en sentido contrario y desaparece transformándose en senda. A partir de este punto hay que apartarse de la senda y seguir subiendo hacia el collado siguiendo las aguas del arroyo. Poco a poco nos vamos acercando a las calizas del macizo del Cueto y lo que se trata ahora es de subir por donde mejor se pueda. Hay que hacer una buena trepada final, pero lo más cómodo es cruzar el collado y subir ligeramente por la vertiente este a través de una chimenea que invita a subir sin demasiado esfuerzo.

En la cumbre existe un vértice geodésico de 2º orden y una cruz con buzón de cumbres. Dado que ningún obstáculo geográfico impide la contemplación de las tierras de Gordón, puede verse la comarca entera hasta sus últimos confines. Las vistas hacia La Pola o hacia el norte son las que merecen la pena, pueden verse las Montañas de Geras y el pico más alto de Gordón, el Cerro Pedroso (1.921 m.). Pero las vistas hacia el sur y hacia el este más vale no considerarlas: La explotación a cielo abierto de las Minas de Santa Lucía, y la Central Térmica de La Robla, dos claros ejemplos de hasta qué punto la actividad humana puede llegar a alterar un paisaje.

Para el regreso tenemos que regresar al collado y tomar la senda que se adentra en el corazón del Bosque de Gordón hasta enlazar de nuevo con la pista inicial, poco antes de llegar al complejo municipal.

domingo, 11 de julio de 1993

Travesía al Macizo Occidental de los Picos de Europa.

Cornión es una palabra de origen celta cuyo significado es "cuerno", refiriéndose quizás al aspecto que presenta Torre Santa cuando se la ve desde la lejanía. Por eso se conoce al Macizo Occidental de los Picos de Europa como "Los Picos de El Cornión". Es el más extenso de los tres macizos, pero sus cumbres no superan a las del Central. Aunque lo que sin duda caracteriza a este macizo son las vegas y las majadas que se distribuyen a lo largo de los grandes roquedos, enormes praderas aprisionadas entre las calizas donde sobrevive una actividad ganadera tradicional en pugna constante con los intereses conservacionistas del Parque Nacional.

El año pasado Alberto, Tato y yo cumplimos satisfechos la aventura de recorrer de un extremo al otro el Macizo Central de los Picos de Europa. Este año hemos planificado hacer lo propio con el Macizo Occidental, solo que en esta ocasión Tato no ha podido acompañarnos, en su lugar ha venido Oscar, un antiguo compañero del Instituto.

En un principio hemos planificado recorrer el Macizo en cuantro jornadas, partiendo desde Posada de Valdeón y terminando en la Vega de Ario, para lo cual subiríamos la Bermeja, recorreríamos el Camino del Burro hasta Vega Huerta, cruzaríamos a Vegarredonda, iríamos a los Lagos de Covadonga, de los lagos a Vega de Ario y bajaríamos a El Cares por la "rompepiernas", la temida Canal de Trea. Sin embargo hemos acordado una variante de última hora: Desde la Bermeja bajaremos a Vegabaño, cogeremos un autobus en Sajambre hasta Cangas de Onís, otro que nos lleve a los Lagos de Covadonga, y desde lo lagos subiremos a Ordiales por Vegarredonda, cruzaremos hacia la Vega de Ario y bajaremos por Trea hasta Caín.

Jornada 1: Posada de Valdeón - Soto de Sajambre (5 de julio de 1993).

Hemos llegado a Posada ayer a media tarde y hemos subido hasta Pantivalles para pasar en el chozo la primera de las noches. Esta vez no vamos a portear material de acampada, iremos más ligeros pero tendremos que dormir en chozos o en refugios. Mi hermana Laura, que está en Valdeón trabajando un año más en el Parque, ha decidido acompañarnos durante la primera jornada de nuestra travesía aprovechando que tiene el día libre.

El chozo de Pantivalles está medianamente acondicionado y hemos pasado muy bien la noche. Laura ha venido a nuestro encuentro a primera hora de la mañana y nos ha pillado desayunando. En cuanto recogimos nuestros enseres nos hemos puesto en marcha hacia Pambuches para subir a La Bermeja. Es la tercera vez que subo esta cumbre, pero la primera que lo hago porteando una mochila de más de 12 kg. No ha sido nada fácil subir con tanto peso y tanto calor por la Canal del Bufón; Laura, que iba ligera como una pluma, nos decía: "¡Vamos!", y nosotros tres marchábamos detrás paso a paso con la lengua fuera.

Alcanzamos la cumbre más o menos a la hora de comer, y allí permanecimos un buen rato disfrutando de las vistas y aprovechando para descansar.

Para descender hacia el Camino del Burro hubo que bajar por la brecha norte hacia Los Moledizos. El año pasado, cuando fui a Vega Huerta con Carlos y Ricardo pasé por aquí sin ningún problema; pero esta vez me quedé atascado en la mitad de la brecha, no se por qué, pero no encontraba dónde poner el pie con seguridad hasta que vino Alberto a echarme una mano. "Eso es porque estás enamorado", me dijo Laura.

Llegamos al Camino del Burro y bajamos por la Canal del Perro hasta El Frade, punto en el que nos despedimos de Laura; ella regresaría a Valdeón por la Vega de Llos y nosotros continuaremos hacia Vegabaño. Pero cuando descendíamos subió la niebla y perdimos el rastro de la senda, de modo que nos adentramos en el bosque sin tener ningún tipo de referencia, no se veía nada. Paramos al lado de un arroyo para cambiarnos de ropa puesto que estábamos empapados de humedad y sudor, y a Alberto le atacó una nube de mosquitos que le dejaron acribillado.

Seguimos avanzando por el bosque en medio de la niebla hasta que de pronto nos topamos con la estampa magestuosa de un gigantesco roble milenario: El Roblón. Estamos ya cerca del refugio de Vegabaño, pero seguimos bajando desorientados hasta que escuchamos los cencerros del ganado. Nos encontramos entonces con un ganadero quien nos indicó el camino para bajar hasta Soto de Sajambre.

Bajamos con él hasta el pueblo y nos presentó a los propietarios de un Albergue. En cuanto nos lo enseñaron no dudamos en quedarnos allí para pasar la noche: Lo teníamos entero para nosotros solos. Nos duchamos y después de sacar a Oscar de la ducha con la ayuda de un espaguetti (se había quedado atrapado dentro con la puerta trancada), salimos a cenar y a dar una vuelta por el pueblo. Antes de irnos a dormir nos volvimos a encontrar con el hombre que nos había ayudado a bajar y nos invitó a su casa a tomar un té. Fue muy amable, nos estuvo contando muchas historias de su pueblo y nos enseñó las zapatillas que fabrica de modo artesanal; no dudamos en comprarle un par de ellas cada uno.

Jornada 2: Soto de Sajambre - Vegarredonda (6 de julio de 1993).

Hemos tenido que madrugar mucho para llegar a tiempo a coger el bus que sale de Oseja de Sajambre hacia Cangas de Onís. Alberto ha dormido fatal por culpa de los mosquitos y se ha levantado con un humor de perros. Salimos de Soto cuando todavía no había salido el sol y recorrimos andando los tres kilómetros que nos separaban de Oseja disfrutando de un paisaje excepcional envuelto en el amanecer.

Llegamos a tiempo y recorrimos en el autobus el Desfiladero de los Bellos hasta Gangas de Onís. En Cangas hizimos espera al próximo autobús que subía a los Lagos haciendo un recorrido turístico por la ciudad; visitamos un mercadillo tradicional y aprovechamos para comprar un recuerdo para nuestras novias.

Tan pronto como el bus nos dejó en el Lago Enol emprendimos la ruta hacia Vegarredonda, a donde llegamos justo a tiempo para cenar y acostarnos.

Jornada 3: Vegarredonda - Vega de Ario (7 de julio de 1993).

Nos levantamos temprano y dejamos las mochilas en el refugio mientras nos acercamos al Mirador de Ordiales. El día ha amanecido totalmente despejado y por fin podré disfrutar del paisaje que se disfruta desde el famoso mirador (el año pasado cuando subimos el Cotalba apenas pudimos ver nada por culpa de la niebla).

Efectivamente es un paisaje sobrecogedor, se ve perfectamente el Tiatordos, la Cordal de Ponga, el Valle de Angón y Amieva. Alberto se asoma tanto al precipicio que al final me pone muy nervioso y le tengo que gritar para que deje de exponserse tanto.

De regreso a Vegarredonda recogimos las mochilas y bajamos de nuevo a los lagos para coger la ruta de la Vega de Ario. Estuvimos barajando la posibilidad de continuar por la travesía clásica del macizo, es decir, desde Vegarredonda subir al Collado de La Fragua, cruzar el Jou Santu y bajar Mesones por el Boquete. Pero yo ya había hecho parte de aquel recorrido y me inquietaba mucho más conocer la Canal de Trea. Así que finalmente nos decidimos por lo que estaba previsto. Llegamos al Lago Ercina justo para comer al lado de sus aguas.

Por la tarde partimos hacia la Vega de Ario por la ruta clásica, que se encuentra perfectamente señalizada con hitos y marcas amarillas. Hemos pasado por la Majada de las Bobias, El Llanguiellu y El Jitu, donde por fin avistamos en Macizo Central y nos paramos para hacernos las convenientes fotos que algún día le daremos a nuestras chicas.

El camino se ha hecho largo y monótono, pero al final hemos llegado relativamente pronto a la Vega de Ario. Entramos en el refugio y en cuanto conocimos al guarda lamentamos no haber traído la tienda de campaña: Nos sentimos como si estuviéramos cometiendo un "allanamiento de morada"; rápidamente nos echó de allí y nos dijo que "no se puede entrar hasta tal hora, no se puede tocar nada, no se puede comer dentro, no se pueden meter las mochilas, no se pueden meter las botas...", sin embargo su perro sí que podia pasearse tan tranquilo por todas las instalaciones del refugio. Nos entraron ganas de mandarlo a tomar por culo a él y a su puto refugio, pero estábamos demasiado cansados como para plantearnos otra alternativa.


Jornada 4: Vega de Ario - Posada de Valdeón (8 de julio de 1993).

Hemos tenido que desayunar fuera del refugio, nos ha hechado a la calle como si fuéramos perros, todo por no querer consumir nada de lo que ofrecían en su servicio. Al final hemos pagado la pernocta y nos hemos ido de allí jurando una y otra vez no volver a pisar este refugio nunca más.

En cuanto nos pusimos a buscar la entrada a la Canal de Trea vimos que teníamos el Jultayu a tiro de piedra, apenas teníamos que subir cuatrocientos metros de desnivel y no parecía una ascensión difícil, de modo que atraídos por las vistas que nos iba a ofrecer la montaña dejamos apartadas las mochilas y nos lanzamos a conquistar la cumbre.

Y mereció la pena el esfuerzo, vaya si lo mereció, menuda caída hacia Caín, impresionante, se ven los Sedos de Oliseda, se ve Caín abajo del todo encajonado entre las montañas, se ve Mesones, el Boquete del Jou Santu, los Puertos de Cuba, La Bermeja...
Solo tiene 1.940 m. de altitud, insignificantes si se comparan con la mayoría de las cumbres de los Picos de Europa, sin embargo El Jultayu ofrece unas vistas incomparables, con una caída directa sobre El Cares de más de 1.500 metros, es impresionante. Hemos dejado la correspondiente tarjeta de cumbres en el buzón y nos hemos hecho una foto cada uno.

Pues esos 1.500 metros de desnivel son los que tenemos que descender ahora por la Canal de Trea. Bajamos por una de las lomas del Jultayu hasta el Collado de las Cruces, punto desde donde se inicia el descenso hacia la vertiente del Cares. Desde arriba la canal es muy aérea e impresiona ver por dónde discurre la senda; la imagen de Torrecerredo es digna de una buena fotografía.

Después de bajar por una afilada arista en la que cada paso suponía desdender casi un metro, llegamos a un pequeño colladín en la entrada de un pequeño hoyo; según el mapa debe tratarse del Huerto de Rey. Seguimos bajando y bajando hasta que comenzamos a tropezar con las hayas. Bajo la sombra de una de ellas decidimos parar a descansar y a comer.

Poco después nos hemos encontrado un hito enorme y un pequeño cartel que nos indica un giro brusco hacia la izquierda, nos está diciendo que abandonemos la canal. Estamos en Cuarroble, nos habían advertido de este punto causante de numerosos accidentes, porque es muy fácil seguir bajando por la canal durante un largo trecho sin apercibir que va a terminar brúscamente en una caída directa sobre las aguas del Cares.

La senda está ya muy bien marcada y nos lleva directamente al Puente Bolín de la Ruta del Cares. En cuanto llegamos a Caín alzamos la vista sobre el Jultayu y nos dijimos: "Desde allí hemos bajado".

Con la llegada a Posada de Valdeón, que fue nuestro punto de partida, hemos dado por finalizada nuestra travesía por el Macizo Occidental.


martes, 13 de abril de 1993

Los Sedos de Oliseda.

Caín ha sido hasta hace relativamente poco la aldea más remota de los Picos de Europa. Sin apenas espacio horizontal los cainejos han tenido que adaptarse a vivir en condiciones verdaderamente extremas; para mantener a su pobre cabaña ganadera tuvieron que aprovechar al máximo los escasos recursos que les ofrecía la verticalidad que les rodeaba. Ello les ha dotado de una habilidad y condiciones físicas propias de los auténticos escaladores.

Con la emigración, el turismo y otras formas de vida más convencionales muchas de las majadas han caído en deshuso y con ellas las sendas y los sedos que las unían con el valle. Son muy pocos los que todavía ascienden por las canales más abruptas que caen desde el Jultayu y las cumbres vecinas, lo que hace que sus sedos se encuentren ahora en condiciones muy desfavorables para ser recorridos con un mínimo de seguridad.

Antonio Gao, "Toñín", es uno de ellos; tiene que superar casi a diario tremendos desniveles y arriesgarse por los sedos y traviesas más peligrosos para localizar sus cabras que muchas veces se enriscan entre los vericuetos de las peñas más inaccesibles.

Mi hermana Laura, que trabaja en el Parque desde el año pasado, ha hecho muy buenas migas con las gentes de Caín y ha tenido la oportunidad de acompañar a Toñín por alguno de los vertiginosos parajes colgados a cientos de metros sobre El Cares. Un día subió por la Canal de La Jerrera hasta los Sedos de Oliseda y se quedó tan impresionada que aprovechando las vacaciones de Semana Santa nos llamó a Carlos, a Ricardo y a mí para que fuéramos a conocer aquel lugar tan espectacular.

Para coger la Canal de La Jerrera hay que subir a Caín de Arriba y pasar por un puentecillo que cruza la riega. La senda está bien marcada y gana altura rápidamente en zig-zag por las escarpadas laderas del Requejo. Media hora después se abre una amplia llanada por la que bajan pequeñas canales; el camino es imperceptible por los largos matorrales, pero sabemos que la nuestra es la que recoge encajonadas las aguas de la riega.


Seguimos subiendo por una ladera muy pronunciada hasta que llegamos a un espolón semi-rocoso tan vertical que parece acabar cualquier posibilidad de continuar. Sin embargo, acercándose al espolón logramos intuir las marcas a modo de escalones que parecen marcar el inicio de los Sedos de Oliseda (990 m.). Las vistas son ya espectaculares y la sensación de vértigo es constante. Un mal paso por aquí y la caída podría ser inevitable, no habría forma alguna de parar. Hay que trepar en zig-zag por un terreno muy vertical mitad roca mitad hierba que no permite el más mínimo tropiezo.


Tras unos 50 metros de trepada semi-vertical llegamos a la parte superior del espolón más tumbada sobre la que nos sentamos para tomar nuestro almuerzo mientras contemplamos las canales de Dobresengros y Moeño del Macizo Central. Hasta aquí hemos llegado, aunque la senda continúa su ascensión hacia la base de la Torre de La Celada para abrirse paso por la Horcada Arenizas (1.809 m.) y continuar hasta los Lagos de Covadonga.

Si la ascensión por los sedos da miedo por la sensación de vacío tan grande, el descenso es todavía peor, no sabes si bajar de espaldas a la roca o bajar marcha atrás sin saber muy bien dónde poner el pie. Una vez superado el trance nos deslizamos por la ladera vertical agarrándonos a las hierbas con las manos; estaban tan resbaladizas que podíamos bajar como si estuviéramos esquiando sobre hierba. Fue muy divertido, hasta que Ricardo se embaló tanto que casi se estampa contra unas rocas. Le dijimos que frenara pero no pudo; cuando logró parar nos enseñó las manos llenas de matojos arrancados.

lunes, 21 de septiembre de 1992

Majada de Ostón.

Situada a 970 m. de altitud en un lugar incomparable de la Garganta del Cares la Majada de Ostón es una terraza en la mitad del Cares que cuenta con una atalaya insuperable que ofrece vistas espectaculares del Macizo Central. Con sus cabañas construidas en la peña colgante da la impresión de encontrarnos en un pequeño Machu Pichu en medio de los Picos.

Ayer regresamos de nuestra aventura por la Torre Santa y Laura nos preparó para cenar un delicioso cocido montañes que causó estragos durante la noche. A pesar de ello hoy nos hemos levantado con el ánimo de subir a la Majada de Ostón. Allí suele llevar sus cabras Tino, un ganadero de Cabrales al que Laura conoció recientemente y que le enseñó cómo guarda los famosos quesos de Cabrales en una de las cuevas escondidas en la majada.

Para subir a la Majada de Ostón hay que dirigirse a Caín y hacer buena parte de la Senda del Cares hasta la Majada de Culiembro. Se distingue bien porque es la única majada de la Ruta del Cares, y marca el punto en el que la senda se tuerce hacia la derecha. De allí parte una senda que sube en zig-zag por la Canal de Culiembro directamente a la Majada de Ostón. Hay que salvar un desnivel de más de 600 metros, pero la ascensión ofrece vistas reconfortantes con la perspectiva de las altas cumbres del Macizo de Los Urrieles.

Tuvimos la suerte de encontrarnos con Tino, quien nos acompañó en la ascensión por la canal y nos enseñó los secretos que esconde su Majada.


La Pica de Ostón tiene una caída brutal sobre el Cares y permite contemplar numerosas canales del otro Macizo, como la Canal de Piedra Bellida o La Canal de Ría. También puede distinguirse el Collado Cerredo en lo alto de Amuesa y la panorámica completa de la vertiente asturiana de la Ruta del Cares.



domingo, 20 de septiembre de 1992

Aproximación a la Torre Santa (2.596 m.).

Con sus 2.596 m. de altitud Torre Santa es la montaña más alta del Macizo Occidental de los Picos de Europa y una de las más elevadas de la Cordillera Cantábrica, sólo superada por diez cumbres todas ellas en los Picos de Europa. La primera ascensión conocida fue la realizada el 4 de agosto de 1892 por Paul Labrouche, François Bernat Salles y Vicente Marcos.

Existe desde antaño una gran controversia en torno a la denominación de la montaña, conocida habitualmente como "Peña Santa de Castilla", aunque por fin se tiende a eliminar el dichoso gentilicio puesto seguramente por los asturianos, quienes a su vez intentan atribuírsela en varias publicaciones con descripciones como "una de las montañas más bellas de Asturias", perteneciendo íntegramente a León. Y lo de "Peña" o "Torre" es muy relativo: Gregorio Pérez "El Cainejo" siempre se refirió a ella como "Torre Santa", más que nada para diferenciarla de Peña Santa de Enol, pero en Caín la siguen llamando "Peña Santa"; en Valdeón en cambio se inclinan más por "Torre Santa", y si nos atenemos estrictamente al significado de los términos alpinísticos "Torre" y "Peña" lo cierto es que se trata de una Torre.

Todas las vías de acceso a la cima de Torre Santa son de escalada, la mayoría de gran dificultad. Sin embargo existen en la cara norte tres vías más asequibles: La Canal Estrecha, La Canal Ancha y La Canal del Ojal. Hemos consultado con varios escaladores y algunos de ellos nos han dicho que por la Canal Estrecha sería posible subir sin equipamiento de seguridad, pero lo cierto es que no hemos conocido a nadie que se haya presentado en la cumbre sin al menos un trozo de cuerda.

Nuestro objetivo es aproximarnos lo máximo posible a la cumbre de Torre Santa, sin pretensión alguna de escalarla puesto que no somos escaladores, pero sí que queremos alcanzar la Canal Estrecha y subirla hasta donde podamos. Para ello hemos planificado subir a Vega Huerta, la base de la montaña, bordearla por La Forcadona, y una vez superado El Neverón ascender por la Canal Estrecha hasta donde sea posible.

Como Laura está trabajando en el Parque no puede acompañarnos, de modo que nos vamos Carlos, Ricardo y yo. Nos alojamos en su casa de Prada y partimos temprano rumbo a La Bermeja por Pantivalles y Pambuches. Hace un mes subí por primera vez a La Bermeja, fue mi primera ascensión en solitario, de modo que conozco perfectamente el camino y me apetece mucho que Carlos y Ricardo conozcan esta ascensión, lo malo es que llevamos todo el equipo necesario para montar campamento en Vega Huerta y la mochilas pesan lo suyo. No resultó fácil portearlas por la Canal del Bufón.

Tras el paso por la cumbre de La Bermeja toca descenderla por la vertiente norte para dirigirse hacia Los Moledizos. Para ello hubo que salvar una caída por una brecha muy pronunciada que nos exigió mucha atención para no desestabilizarnos con las mochilas. Al final tuvimos que soltarlas y dejarlas caer por el barranco para poder descender con más seguridad. Una vez salvado el mayor desnivel pudimos dar con la senda del Camino del Burro, que procedente de Vegabaño sube por la Canal del Perro para dirigirse directamente a Vega Huerta.

En Vega Huerta todavía se encuentran en pie los restos del antiguo refugio de Peña Santa, destruido varias veces por las frecuentes tormentas que caen en la zona. El problema es el abastecimiento de agua, muy escasa en esta época del año. Lejos queda la Cueva del Agua, pero hemos tenido suerte y cae un hilillo de agua por una pequeña manguera situada en las inmediaciones de la vega.


La estampa de la cara sur de Torre Santa desde Vega Huerta es descomunal; con la ayuda de los prismáticos pudimos distinguir a un grupo de escaladores que a última hora de la tarde estaban alcanzando la cima. Montamos el campamento y pasamos la noche escuchando las voces de los escaladores que descendían con sus frontales por la pared sur de Torre Santa. Finalmente llegaron a eso de las cuatro de la mañana y acamparon a nuestro lado.



Por la mañana nos levantamos con los primeros rayos del sol y mientras desayunábamos le preguntamos a uno de los escaladores por la Canal Estrecha; nos confirmó que era la vía más fácil para subir a Torre Santa, pero siempre con cuerdas para asegurarse y con casco; nos dijo que caían muchas piedras y que ya ha habido bastantes accidentes por no llevar el casco. Le preguntamos si podríamos subir sin material aunque solo sean algunas trepadas y nos dijo que sí, pero había que tener mucha seguridad y dejar las mochilas abajo.

Desmontamos el campamento y comenzamos a caminar rumbo a La Forcadona. La senda está muy bien marcada y no hay posibilidad de confusión, puesto que la ruta comunica Vega Huerta con el Jou Santu y con Vegarredonda y es una de las más frecuentadas, aunque por ahora no nos hemos cruzado con nadie.


El paso por La Forcadona no entraña dificultad alguna, aunque hemos tenido que trepar con mucho cuidado para evitar un nevero muy sólido por el que era imposible pasar. Las dificultades llegaron después con El Neverón. Pensábamos que podríamos atravesarlo sin problemas, pero nada de eso, tiene una pendiente muy prolongada y está completamente solidificado por lo que resultó prácticamente imposible dar un solo paso sobre él.

Como queríamos aproximarnos a la Canal Estrecha optamos por evitar el nevero por la parte más alta metiéndonos por la rimaya que lo separa de la roca, pero donde realmente nos metimos fue en un callejón sin salida, era imposible avanzar un paso con seguridad portando las mochilas y con una caída de varios metros por debajo sobre el nevero. Unos escaladores vieron que estábamos en apuros y bajaron para ayudarnos, nos ataron con cuerdas y nos sacaron de allí. Hubo un momento en el que Carlos se quedó colgado de la cuerda, las pasamos canutas para salir de allí.

Aquellos amables escaladores nos llevaron hasta la base de la Canal Estrecha y nos indicaron el mejor camino para descender hacia el Jou Santu. Después del trance por el que acabábamos de pasar descartamos cualquier mínimo intento de trepar algo por la canal. Como consecuencia de uno de los golpes mi cámara sufrió un impacto que provocó este efecto en la instantánea que tomé a La Forcadona desde el Jou Santu.


Al fin y al cabo hemos alcanzado los 2.330 metros de altitud y nos hemos quedado a unos 265 metros de la cumbre, lo cual no está nada mal para un primer intento. Pero descendimos al Jou Santu con el miedo metido todavía en el cuerpo.


Peña Santa de Enol parece desde aquí bastante más asequible, quizás en otra ocasión nos planteemos su ascensión. Ahora solo pensamos en llegar al Boquete y descender por la Canal de Mesones hasta Caín.


A la salida del Boquete se abre ante nosotros un panorama espectacular de la Garganta del Cares, pero el cielo está cubierto y todavía tenemos que descender por la Canal de Mesones hasta Caín teniendo que salvar un tremendo desnivel. Nos preocupaba el paso por el Sedo de Mesones, pero finalmente lo superamos sin dificultad.


Llegamos a Caín a última hora de la tarde, tal y como estaba previsto para que Tony, uno de los compañeros de Laura nos recogiera y nos subiera hasta Prada donde Laura nos esperaba con un cocido montañés que devoramos sin dejar rastro.